Gracias. Simplemente gracias. Si no fuese por las delicadas heces que vuestros encantadores perros depositan en nuestro aburrido pavimento, este mundo no sería igual. Qué triste sería encontrar las impecables pero monótonas baldosas amarillas y rojas sin esa vidilla que vosotros le dais. Gracias. Imaginaos qué sería de los verdes pero secos campos sin el abono con ese tan agradable aroma. Gracias otra vez. Porque la gente no se da cuenta de que sin vuestros regalitos, no habría ninguna razón para limpiar nuestros sucios zapatos, con lo que los vendedores de betún se arruinarían. Gracias de parte de ellos. Y sobre todo, gracias porque hoy, sin la abrumadora cosa marronácea que me ofrecéis, mis ya suficientemente mojadas posaderas (y mi cabeza, de paso) no habrían estado tan cerca de mantener un frío contacto con el suelo.
Pero para qué os cuento todo esto, si vosotros ya lo sabéis. Al igual que conocéis las injusticias a las que vuestros “perritos” están expuestos en este mundo egoísta y lleno de gente tan desagradable, que osan incluso protestar, cuando perfectamente saben que tendrían que ir mirando para el suelo, sin importar con quién vaya hablando o las peligrosas señales que se le pongan por delante. Que ya os sabéis de memoria las horribles y heridoras palabras que tenéis que oír cuando, sin razón aparente, una furiosa e incontrolada madre os grita idioteces sin sentido, relacionadas con la diminuta “cosilla” que vuestra pobre criatura ha depositado sobre el tobogán, y con el nuevo chaquetón del odioso niño, al que nadie le mandaba bajar por ese satánico juguete que corrompe nuestra sociedad. Estáis cansados de escuchar las quejas de la gente de la playa, el río, e incluso las tiendas de tan vital importancia… porque… ¿dónde vais a dejar a vuestro pobre perro? ¿En casa? ¡Ni hablar! ¿Y si se le ocurriese cagar en el sofá?






